miércoles, enero 11, 2006

I. La Cuarta Elegía

No escapaba de mi perplejidad. Contemplaba sobre mi mesa la hoja aventada bajo la puerta de mi habitación en San Antonio: “Ediciones en Alemán y bilingües”. La larga lista de libros escondía uno que llamó mi atención antes del desayuno (y que la polilla se dignó esquivar): “R. M. Rilke.- Elegías de Duino, Montreaux, 1926”. Mi primera impresión estuvo dirigida a mi amigo y maestro Olivares, librero de viejo que -recordaba- me ponía al tanto siempre que tenía una necesidad libresca. Pero lo que no dejaba de sorprenderme era la dirección que remitía la hoja amarilla atestada de sol y que sin lugar a dudas no podía ser de Manuel: “Av. Brasil S/n. Villa Filomena, Magdalena del Mar”. ¿Por qué mi sorpresa? Porque ese lugar me es familiar. Villa Filomena es una casona abandonada hacia las últimas cuadras de la Av. Brasil dentro de la cual alguna vez hurgué. Un viejo catálogo, incompleto, sin editorial... ¿quién lo deslizó bajo mi puerta? ¿Quién vendría de noche al Barrio de Médicos donde se requiere silencio a partir de las 10? Entiendo que no fue la señora de la pensión. Ella prefiere notificarme las novedades junto con la leche, temprano por la mañana. Recuerdo, además haber pasado la escoba antes de ir a la cama a leer. La curiosidad no dejaba de asaltarme; me amordazaba un deseo de correr hacia Magdalena después de mis obligaciones. A lo mejor la casa esta nuevamente ocupada. Alguna feria de libros usados.

Seis de la tarde. Subí al primer colectivo que va por la Brasil con la impaciencia del verdadero curioso. Si se trata de Manuel Olivares, eso lo veré. Desconecté mi teléfono móvil e hice corto mi viaje absorto en la introducción de Dante y su Obra, de Ángel Crespo, rebuscada de mi mochila. Antes de darme cuenta doblaba de pronto por la Av. Del Ejército hacia la Brasil. Bajé a varias cuadras de mi destino. Caminé sobre la vereda derecha en dirección a la Javier Prado atento a una esquina concho de vino que muestra la Villa Filomena. Y para mi sorpresa, el mismo recuerdo: soledad, abandono, suciedad, oscuridad: tomadura de pelo. Pero... había luz en el altillo, y era de vela o de mecha por la forma cómo las sombras reflejadas en el marco de la ventana bailaban, la única que tenía el vidrio entero; nada perdía. Si había alguien en esta casa tenía que saberlo, porque la hoja anunciaba una venta, y ¡qué venta!

La atmósfera era la misma. Imaginaba el polvo nuevo sobre las huellas de mi dedo en el paso de la escalera donde escribí un nombre. No lo pude corroborar. La poca luz me permitía caminar sobre tanta basura desperdigada. Débilmente desde el altillo. Antes de advertir mi presencia, de pronto una voz desde la planta alta:
-Adelante, es por acá.
-Entonces me esperan -pensé con temor- No es Manuel.
Subí.

El cuartito al final de un pasadizo entablado tenía aspecto de oficina. Había en éste dos sillas, una frente a la otra. Una mesa, velero de bronce y una vela recientemente encendida a juzgar por su tamaño. Pude ver en el reflejo de esa pobre luz huellas sobre el polvo e innumerables marcas de antiguos clavos en la pared donde quizás colgaron cuadros. El techo alto parecía esconder en la oscuridad el círculo de la base de lo que pudo haber sido una araña de media asta. Uñas a los lados del umbral sin sus soportes ni los velos para aquella puerta, con marcos sin vidrio, de par en par y un pesado candado colgado del lado del picaporte negro. Las sillas cuidadosamente limpias, según pude comprobar. Permanecí en silencio de pie junto a la silla con la mirada perdida. Por segunda vez:
- Por favor, tome asiento, ahora lo atiendo.
Hice caso y dirigí mi mirada hacia la fosa negra de donde emergió aquella voz. Terrible oscuridad. Pude apoyar mi brazo en la mesa limpia de polvo. ¿Quién rayos pudo haber...

-Mucho gusto señor, Herr Rainer para servirlo.
A tres pasos de mi silla la voz se hizo presente: en buen castellano el timbre medio teutón, medio eslovaco de un caballero antiguo, a juzgar por su sastre; una reverencia con la cabeza, cuello abrigado por una pañoleta gris, canas peinadas a la vieja usanza y grandes ojos cafés que delataban a un anciano extranjero de modales amables.
-Mucho gusto, Luis para servirlo.
-Asiento, por favor. Hago excepciones con antiguos clientes cuando me tomo la molestia de repartir mis volantes. Oí de usted por un viejo amigo que a veces colabora en asuntos de negocio. Hablo de Manuel Olivares.
-Ahora lo entiendo, señor Rainer o Herr Rainer, como prefiera. Vea usted, estoy interesado en una edición de 1926 alemana de las Elegías...
-Entiendo que eso lo trajo. Hacía tiempo que no encontraba tanto interés por dilucidar poemas en alemán a partir de una traducción castellana. A juzgar por esa edición que usted posee del Duino de Jenaro Talens -y que por cierto es buena- creo importante sugerirle tenga a la mano un Langenscheids de bolsillo la próxima vez que la lea con sus amigos. Hacen bien en desconfiar del traductor por buen poeta que este parezca.
-¿Estuvo usted ayer en el Café...? ¿Cómo sabe que tengo una edición bilingüe?
-Eso mismo llamó mi atención al verlos ayer: dos ediciones distintas. Deduje que había interés. Usted comprenderá: es la actitud normal en un viejo bibliómano que frecuenta estas vitrinas de tertulia. Tomé discreta distancia mientras los escuchaba atentamente degustando café.
-¿Y cómo supo...
-Ya le hablé de nuestro amigo en común. Le reconocí. En otra ocasión me habló de usted Olivares mientras le vimos una mañana ahí mismo. Estaban hablando de Lowell y el friso del monumento “A los Muertos de la Unión” que le inspiró. Supe ahí del cariño suyo hacia los libros y cómo Manuel le inició en este gratificante oficio. Lo demás se lo debo a la agenda de mi buen amigo. De modo que lo atraje para asuntos mayores, apelando a sus gustos y tratándose además de una vieja amistad de larga data, de mucho antes que usted nazca.
-Me asombra usted- le dije recostándome en el respaldar de mi silla. Mi anfitrión tomaba ahora asiento cruzando la pierna sobre su derecha y entrelazando entre la rodilla con tranquilidad las manos. Eran visibles ahora sus pulcros puños blancos y sus lustrados zapatos de hebilla.
-Supongo que vende usted, según advierto en la hoja, una edición envidiable por cuyo costo la verdad estaría dispuesto a pagar si tuviera el dinero. Es curiosidad lo que me trae acá. Le soy honesto: creo no tener lo suficiente, pero le estaría agradecido si me la muestra. A ver si hago algún sacrificio o asalto mi propio colchón... usted sabe. Fui aprendiz de librero y obviamente entiendo que los “tesoritos” hay que reservarlos para uno.
-La edición es mía y no la vendo.
-Discúlpeme. Lo creí librero. Me conformaría con verla, al menos, para tenerla entre mis manos y así retornar a casa con la tranquilidad de haber hecho útil esta velada. Mis amigos se sorprenderán cuando les cuente que tuve una edición del año de la muerte del poeta.
-Pide usted poco, Herr Luis -me dijo con verdadera extrañeza- Ya veremos. Vengo pisándole los talones al viejo Rilke desde hace tantos años que a decir verdad me reconozco gran conocedor de su obra. No pierdo el tiempo vendiendo lo que no se vende. Otras son mis molestias. Habrá notado -pese a mi acento alemán- mi buen castellano, aunque la verdad ich bin nicht Deutscher. Verstehen Sie mich?
-Natürlich! -dije con emoción- Ich kann nür etwas auf Deutsch sprechen, ab...
-Creo que nos entenderemos mejor en castellano. Sus conocimientos de mi lengua me bastan para lo que quiero. Trabajo ahora en un ensayo -o mejor dicho- en una revisión de antiguos proyectos inconclusos que traduzco al inglés y al castellano. Sobre el asunto me referiré en otro momento. Aunque no vendo mi edición de Montreux, que es la que le interesa, le ofrezco amistad y por supuesto las respuestas a algunas preguntas que me quieran formular a través suyo sobre poesía alemana o consejos editoriales acerca de ediciones de Rilke en Lima. Vamos a ver si esta experiencia resulta en un intercambio que derivaría en mi interés para los fines que pretendo y en su caso sacarle un poco de punta a su discernimiento sobre lo que le interese de poesía rilkeana. A ver... ¿qué puedo hacer por usted?
-Pues tengo tantas cuestiones... debo entonces mi nueva amistad sin duda a mi amigo Olivares y ...
- Duerma tranquilo que no está en deuda.
- Gracias. Me gustaría, sin perder tiempo empezar por esta: la cuarta elegía...
-La que leían ustedes ayer.
-Esa misma. Vea usted, Herr Rainer: el contraste de los pájaros y los seres humanos, los seres no humanos en armonía con la naturaleza y los hombres conscientes del tiempo, de la caducidad, de la muerte...
-Este es nuestro drama: las aves sin cuestionar las estaciones, los vientos... cumpliendo inconscientemente los ciclos vitales, sind nicht wie die Zugvögel verständigt en oposición a nuestro siempre estar conscientes de todo: “a la vez del florecer y del marchitar”. Por nuestra conciencia, mi amigo, la armonía natural del universo rompe lazos con nosotros, pues nos declaramos contestatarios a ella: so drängen wir uns plötzlich Winder auf und fallen ein auf teilnahmslosen Teich, que -según mi amigo Dörr- puede entenderse como “nos imponemos de súbito a los vientos”. ¡Y qué decir de la pasividad! “Caemos sobre un estanque indiferente”.
-Herr Rainer, ¿nacemos entonces condenados desde que asumimos el uso de la razón? ¿Es este el cuestionamiento del poeta?
-Piense usted en los leones. No requieren de la conciencia para asumir su majestuosidad natural. No hay para ellos enfermedad, muerte.
-Ya recuerdo: Löwen noch und wissen, solang sie herrlich sind, von keiner Ohnmacht -leí procurando la fluidez del alemán servido de mi texto bilingüe, luego de quitar el marcador en la página respectiva.
-¿Ha reparado usted en lo distraídos que somos? No hemos cogido lo suficiente en la mano la perla de gran valor y vea: la dejamos súbitamente por querer apresurarnos a otra. A usted mismo le sucede, por lo que veo. Heidegger habla de ello cuando se refiere a Verfallenheit.
Mientras decía esto colocaba sobre la mesa un pequeño librito de pasta azul que rebuscó del bolsillo de su saco.
-Por favor -dijo señalándomelo.
-Vamos a ver. -Reparé que el librito era un diccionario Langenscheidt de 1964. Busqué la palabra Verfallenheit: Decaer, desmoronarse - dije en voz alta.
-Caer, exactamente. Y una de las formas de la caída del hombre es según el filósofo: Neugier.
Rebusqué deprisa bajo la N y leí: Neugier: curiosidad.
-O también el afán de novedades. ¡Cómo amamos la contradicción! ¡La dialéctica! ¡El Ying y Yang! ... siempre procuramos el opuesto. Ser y aparecer. Identidad y rol, retener el pasado y abrir el futuro, mortal e inmortal a la vez... Por ello Feindschaft ist uns das Nächste.
-“La rivalidad es lo más próximo a nosotros”, leí de mi libro. Y por ello hasta los amantes ‘se pisan unos a otros’, con sus límites pese a todas sus promesas, ¿verdad?
-Tampoco superan su contradicción. Tristan und Isolde, recordara usted, los de la antigua leyenda, se prometieron „amplitud, caza, patria“ y sin embargo no trascendieron a sus cambios, a la transitoriedad. Los amantes cuando pasan por el momento de fusión recobran el juicio y se ven aún solitarios, impenetrables... Treten Liebende nicht immerfort an Ränder eins im andern.
- “¿No pisan los amantes constantemente, uno los límites del otro, ellos, que se prometían amplitud, caza, hogar?”
-Busque usted Weite.-Weite: anchura, calibre...
-Amplitud, podríamos decir. El afán de los amantes es ese diario descubrimiento que tienen en común de nuevas experiencias, nuevos territorios, matices sentimentales que los amalgaman a la manera del Tristan. ¡Tan propio del amor! Busque ahora Jagd.
-Jagd: Caza.
-Si tiene pareja o la ha tenido lo entenderá: la búsqueda del otro. Quizás ese proceso de domesticarse mutuamente las partes salvajes. Nuestro yo animal. Ahora léame el significado de Heimat.
-Heimat: Patria, país.
-Danke sehr. También hogar como acertadamente lo prefiere Talens. Y hogar viene de hoguera, fuego, calor que entibia, no sólo el cuerpo, sino también el lecho y el alma de los amantes. Reparará usted que en alemán el sinónimo de Heimat es Vaterland.
-La tierra del padre.
-Así es: protección a la esposa y a los hijos. Por lo tanto el amor resulta ser un refugio para las inclemencias naturales y para los extraños. En el amor solo se conoce lo superficial. Difícil reparar en los matices. Wir kennen den Kontur des Fühlens nicht: nur was ihn formt von aussen: conocemos el contorno del sentir, sólo aquello que lo forma desde afuera. La superficialidad. Observe a continuación que el padre desde la inmortalidad -consciente del hijo- penetra en el poeta. No suelta aún desde la muerte su preocupación por el niño que no quiere ver adulto, sin duda. Der du, mein Vater, seit du tot bist, oft in meiner Hoffnung, innen in mir Angst hast, und Gleichmut, aufgiebst für mein bisschen Schicksal, hab ich nicht recht?. ¡Escoge entre la indiferencia de su reino y el futuro de su hijo!
- “Tú padre mío, que estas muerto, en la esperanza que hay en mi interior, tienes miedo a menudo y renuncias a esa serenidad, que poseen tan solo los muertos, reinos de la serenidad, por mi escaso destino, ¿no tengo razón?” -leí de mi texto durante la pausa meditativa de mi interlocutor.

Debo referir en este punto que Herr Rainer declamaba a Rilke de memoria, lenta y cadenciosamente, con acento grave y lánguido. Traía a mi recuerdo la audición que tuve de un disco con los poemas leídos del propio Martín Adán, editado por Juan Mejía Baca, con la salvedad de que el acento germano de Rainer era puro y fluido. Un deleite oírlo. Su mirada al hablar no se desprendía de la mía salvo en algunos instantes que la dirigía hacia la pared del fondo, como quien rebusca en la oscuridad el detalle de su prodigiosa memoria.

-¿Y por qué habla de sus mujeres? -Pregunté.
-A todas las que amó, de cuyo amor se desvió para derramarlo al espacio sideral, por encima del propio amor a ellas... hacia lo abierto. Da ich ihn liebte, uberging in Weltraum, in dem ihr nicht mehr wart... Espera que lo acepten tal como es.

Mi mirada de espacio sideral no tenía punto fijo en este momento...
-Vuelva usted Herr Luis a sus cabales, y présteme atención: Nuestro propio corazón nos es desconocido. Hay miedo en nosotros por lo que pueda sentir.
-Ahora lo veo aquí en mi propio texto: wer sass nicht bang von seines Herzens Vorhang? „¿Quién no se sentó temeroso ante el telón de su propio corazón?” Discúlpeme. No entiendo que tiene que ver aquí el telón.
-Acá es donde aparece el farsante, el bailarín, el gracioso y elástico en el marco de un escenario teatral. Bajo su disfraz hay solo un individuo corriente y burgués al que le encanta la puerta de su cocina. Claro, la vida es un espectáculo, una mera apariencia. Mejor es la compañía de una muñeca rellena, inconsciente: su favorita. No importa que lo dejen solo. A propósito del bizco, ya le contaré después sobre Egon Rilke. Trae el poeta, a continuación, al ángel, a su querido ángel, quien manipula los hilos de la muñeca... ¡dos seres sin falsa apariencia dispuestos al verdadero espectáculo! En este acto no puede haber el mismo fracaso del hombre, de los amantes, del bailarín. Sin pretextos. Alles ist nichts es selbst, “ninguna cosa es ella misma”, con excepción de los nuevos actores. El poeta asume esta postura de autista y se deleita con sus seres inconscientes.
Al decir esto, juntó las manos en postura reverente. Cerró los ojos.

-“Hay, horas de la niñez, cuando detrás de las figuras había más que un pasado tan solo y el futuro ante nosotros no existía” -leí enseguida.
-Los niños, los que permanecen en lo duradero por estar inconscientes del futuro -me dijo ahora con el índice derecho levantado- sin pensar en la muerte, “en ese espacio intermedio entre el mundo y el juguete”... ¿no le sabe a un puro acontecer? Recuerdo, como mi amigo Dörr, el mismo lieder de Brahms: “Oh si supiera el camino de regreso, el amable camino al país infantil...” No podemos por ello adiestrar a un niño tal cual es. Por desgracia hay los que mueren infantes y los que los matan en el delirio del poeta. Misterio doloroso dentro del corazón de sus padres. Este dolor es tan insoportable que no tiene sentido de ser. Somos quizás los propios homicidas porque en nuestra negligencia el pan se hace duro o ellos se asesinan al hacerse adultos.
-¿Tiene usted hijos Herr Rainer?

De modo inusitado torné con esta pregunta el rostro expresivo de Herr Rainer, sorprendido por mi desfase. Su mirada gravitante, ceñuda, parecía buscar algo en la oscuridad de mis pies.
-Por ahora es bastante, Luis -me dijo sereno señalándome la vela, la que ahora era un retacito de medio centímetro- Haga usted una lectura integra del poema en alemán en voz alta cuando esté solo y lea para sus adentros la traducción que tenga a mano. Anote usted al margen las palabras que hemos tomado la molestia de revisar en el diccionario. Le dejo una incógnita que deberá descubrir: ¿cómo es indescriptible el acto de contener la muerte, toda la muerte, aún antes de la vida?

El anciano se puso de pié frente a mí, a la vez que sacaba del costado derecho de su chaleco un antiguo reloj de corta cadena.
-La medianoche. Van a ser las 12 en mi Kienzle- me dijo con sonrisa de amigo.
-Pues le agradezco su tiempo, Herr Rainer. ¿Tendré el gusto alguna vez de invitarlo a...
-Das ist alles, mein Freund. Le agradecería no comentar a nadie esta cita nuestra. Quiero ser discreto, no misterioso. Vaya usted derecho a casa y espere mi aviso cuando lo requiera acá mismo en este recinto. Sea también discreto, bitte.
Mantenía en su despedida esa suave sonrisa acompañada de un guiño de ojo.

Una reverencia mutua de cabeza. Mis pasos ligeros descendieron por la escalera sin voltear para otro ademán. Antes de cruzar la puerta de la sala me sentí rodeado de la más espesa penumbra, porque el señor Rainer esperó mi retiro inmediato para apagar la velita que había marcado el fin de nuestra charla, como si todos estos detalles fuesen premeditados. Lo dejé esa noche en la oscuridad y en el absoluto silencio. No salía de mi asombro al recordar ese ofrecimiento de volver a “ese recinto”: un lugar inmundo y húmedo como lo era Villa Filomena. ¿Era una broma? Quizás el deseo de guardar discreción para capear la curiosidad de un joven bibliófilo. ¿Fue impertinente mi pregunta o puso fin a la charla la duración de la vela? Até mi chalina al cuello con temblorosa mano helada y me perdí meditabundo en las primeras cuadras de la Javier Prado... sin pensar en la hora, sin pensar en la distancia.

Lunes 19 de agosto 2002



Grabado: Dante Gabriel Rossetti, The Roseleaf 1870
Two types of graphite on wove paper39 x 35.2 cm. Purchased 1925 National Gallery of Canada (no. 3202)


OTROS ESCRITOS De las Conversaciones con Herr Rainer:


III. Entre Pescante y Pozuelo

IV. La Supremacía de la Noche

ENSAYOS

Sobre Debussy y el Piano

Sobre antisemitismo


Sobre Ima Sumac y el folklore musical andino


Sobre pedagogía musical


Sobre La Herencia


Sobre la discreción y las motivaciones


Sobre La Canción Nacional de Alzedo 


SEMBLANZAS

Leopoldo Chiappo

REVISTA

Universo & Cultura